No nos olvidamos

 “A quien sólo sepa recordar su historia, que le dejen tuerto…

pero a aquel que la olvide que le dejen ciego” 

Monumento a los fusilados de Villagarcía

En los primeros días de agosto de 1936, una compañía de hombres llegados desde Pontevedra, vestidos con camisas azules y acompañada de mandos militares alzados contra la República llegó a Villagarcía de Arosa, procediendo a la detención de varias decenas de hombres y mujeres que figuraban en una lista de rojos peligrosos previamente elaborada por algunos vecinos de la villa.

Francisco Rey López, mi abuelo, ni se sentía amenazado ni huyó al monte como otros que se sabían señalados. Fue capturado en su puesto de cajero interventor del Banco de Bilbao y trasladado sin juicio ni acusación a la isla prisión de San Simón. En ella estuvo detenido cuatro meses hasta que la noche del 1 al 2 de diciembre fue nuevamente trasladado a Villagarcía, fusilado y arrojado al mar en la playa junto con otros 60 presos de la comarca.

La buena voluntad de un familiar que trabajaba en el registro hizo que en su partida de defunción figurase como “encontrado ahogado”, lo que en su momento permitió que mi abuela pudiese enterrarlo, llegase a cobrar una pensión del Banco de Bilbao, no del “Nuevo Estado”, y pudiese criar no sin esfuerzos a sus tres hijos huérfanos, la mayor mi madre, con siete años.

No sé si estos hechos son enteramente ciertos, o es la leyenda que he creado con recuerdos borrosos de historias contadas en voz baja por adultos temerosos de ser oídos por buenos vecinos acostumbrados a seguir haciendo listas. El hecho es que en alguna de ellas seguía figurando mi madre, que jamás me habló de este tema tabú y que no pudo ejercer como maestra nacional –manda huevos-  porque se le denegó su derecho a trabajar en lo que estudió por no tener el correspondiente certificado de idoneidad que expedía la “autoridad” con los informes de párrocos y guardias civiles. Era hija de rojo y no puedo tener su título hasta 1982, gobernando la UCD,  cuando apareció en algún archivo olvidado del Ministerio de Educación junto con los de otros varios cientos de no adeptos.

Yo cuento todo esto sin resentimiento. Es un hecho. Es historia, no antigua, pero historia, y debe ser conocida, porque somos lo que somos, soy lo que soy, por ésta y otras muchas historias. Ni puedo, ni quiero, ni debo olvidarlas.

Tengo la fortuna de saber donde está la tumba de mi abuelo, pero muchísimos miles de descendientes de muchos miles de represaliados no conocen el paradero de sus familiares, asesinados por las derechas o las izquierdas, por fascistas o por revolucionarios.

En su momento, ya mayor de edad la nueva democracia, algunos de estos descendientes quisieron ingenuamente acudir a la legalidad para reclamar su derecho a encontrarlos y enterrarlos dignamente, a sacarlos de las cunetas, a reivindicar sus nombres callados muchas décadas por padres atemorizados por el régimen que los mató. Somos los nietos de los perdedores, porque los de los ganadores tuvieron cuarenta años para localizar y homenajear a sus “mártires”, y lo han seguido haciendo en democracia.

La Ley de Memoria Histórica intentó salvar los olvidos intencionados y asumidos por la izquierda en busca de la normalización política al inicio de la Transición, pensando que treinta años de madurez democrática harían posible plantearse la reparación de este lapsus.

Yo no soy partidario de juzgar a un régimen, la historia ya lo ha hecho. Pero sí quiero que se reparen sus injusticias y sus consecuencias. Garzón utilizó, no sé si bien o mal, los instrumentos legales que creía adecuados para reparar en parte esta situación. Eso le ha valido ser procesado penalmente por el Supremo, porque los nietos de aquellos que un día llegaron a Villagarcía y a otros muchos lugares siguen haciendo listas, y él las encabezaba.

Este es el mundo al revés y resulta obsceno. Si la legalidad permite esos desmanes y la reparación de las víctimas de la Guerra Civil sigue sin producirse, es necesario desarrollar reglamentariamente la Ley de Memoria ya, no podemos esperar otros treinta años. Y aunque es 14 de Abril, no hablo de reivindicar la legalidad de la República. Me siento cómodo es este sistema que tenemos, formo parte activa de él a través de mi militancia, aunque no niego que me hubiese gustado poder elegir con mi voto al Jefe del Estado. 

Es de Justicia, con mayúsculas, de lo que hablo, no del poder judicial y su triste espectáculo en la cartelera estos días. Y ya sabemos que no todo lo que es justo es legal, ni todo lo legal es justo. Los tribunales no imparten Justicia, aplican e interpretan la legalidad.

Algo hay que hacer, hay trabajo pendiente, y yo intento poner un granito de arena escribiendo, porque no me gustan los actos de adhesión en los que al final se mezclan churras con merinas para satisfacción y titulares de la derecha más conservadora de este país.

Ya he dicho que no estoy resentido, sólo apenado, pero verás como alguno todavía piensa que soy un revanchista.

¡Qué suerte tengo, abuelo, aun no me han llamado rojo!

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